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Fascinación por la luz en la Naturaleza

   Hace poco empezó a circular por la red el vídeo de una tortuga marina que, al ser enfocada con luz ultravioleta, “brillaba” con unos tonos rojos y amarillos fosforitos la mar de resultones. La novedad no es que un animal presente biofluorescencia (que es como se conoce a ese fenómeno), sino que fuese una tortuga, animal en el que se desconocía la fluorescencia hasta la fecha.

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Peces fluorescentes.

   No sé qué tendrán los colorines y las luces brillantes, pero despiertan una fascinación en el ser humano que es digna de estudio. Será por nuestra condición de animales diurnos, porque el sentido de la vista es el que más desarrollado tenemos o porque en el fondo somos más simples que el mecanismo de un chupete, pero el caso es que cuando vemos calamares que emiten luz, hongos que brillan en la oscuridad o, como en este caso, una tortuga con una coloración oculta tan llamativa, nos quedamos embobados, alucinados, extasiados, como si estuviésemos viendo algo mágico. Y, en parte, lo es. Es Biología, es Química, es Física, todo ello combinado en la enormérrima diversidad de la Naturaleza.

   Sin embargo estoy mezclando cosas, ya que no es lo mismo emitir luz, que brillar en la oscuridad, que “reflejar” la luz en una longitud de onda distinta. Así que hoy vamos a dar una clase rápida de LUMINISCENCIA EN LA NATURALEZA.

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Libélulas: surcando los cielos terrícolas desde tiempos inmemoriales

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Hembra de Sympetrum fonscolombii.
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Pantano del Carbonífero.

         Antes de meternos en materia, vamos a hacer un pequeño ejercicio de abstracción: cerrad los ojos. Dejad la mente en blanco. ¿Ya? ¡No hagáis trampas, no vale abrir! Vale. Ahora, ante vuestros ojos van apareciendo árboles, árboles y más árboles hasta donde alcanza la vista. Estáis en medio de un bosque como no habéis conocido nunca.

Fósil de Meganeura.

         Literalmente, nunca. Porque las especies de plantas que os rodean ya no existen, están extinguidas. Son, en su mayoría, enormes helechos arborescentes, de más de 40 metros de altura, que apenas dejan pasar la luz. Si miráis al suelo veréis que no pisáis tierra firme, sino una suerte de agua sucia: estáis en medio de un pantano. El calor aprieta y la humedad está en torno al 100%, en un clima típicamente tropical. Respiráis profundamente: el olor es una mezcla de madera húmeda y vieja, materia orgánica en putrefacción y verde. Huele a verde de una manera muy intensa.

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Macho de Sympetrum striolatum.
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Platycnemis acutipennis.
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Gomphus simillimus.

         Al inspirar notáis algo extraño. El aire no es como el que estáis acostumbrados a respirar, y no es sólo por la ausencia de contaminación. Esto se debe a que la concentración de oxígeno en aire es de un 35%, debido a esas enormes extensiones de bosque que cubren toda la Tierra (posteriormente irá disminuyendo hasta llegar al 21% actual).

Todos vuestros sentidos están en alerta: la vista, el olfato… y el oído. No se oyen pájaros, pero eso no debería sorprenderos, pues aún quedan varias decenas de millones de años para que aparezcan. De pronto suena un potente aleteo a vuestra espalda. Parece un animal de gran tamaño pero, si hemos dicho que no hay pájaros… ¿qué narices tenéis detrás? Os giráis rápidamente y… ¡sorpresa! Os dais de bruces con un Meganeuropsis: el abuelo de las libélulas. Y vaya con el abuelo. Tiene el tamaño de una rapaz pequeña y se parece mucho a un helicóptero de juguete, parado en el aire, batiendo las alas en un perfecto equilibrio estático, mirándoos fijamente con sus enormes ojos compuestos.

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Meganeuropsis: las rapaces del Carbonífero.
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Hembra de Sympetrum fonscolombii en un campo de cereal.

         Sorprendidos, pues nunca habéis visto un insecto de ese tamaño, miráis bien a vuestro alrededor y ahora sí os percatáis: están por todas partes. El aleteo causa un estruendo que ríete tú de las hélices de los helicópteros actuales. Y todas estas proto-libélulas son gigantescas, vuelan esquivando obstáculos con precisión milimétrica, cazando otros insectos de menor tamaño en pleno vuelo. Fascinante espectáculo, el del ecosistema del Carbonífero, ¿verdad? Sintiéndolo mucho, debo pediros que volváis al presente…

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Macho de Orthetrum caerulescens.
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Náyade (ninfa) de libélula.

         ¿Qué tal ha ido el experimento? Igual os parece una chorrada, pero con él quería poneros en situación para meterme ya, de lleno, en el grupo del que voy a hablaros hoy: los Odonatos. ¿Odoqué? El orden (categoría biológica) al que pertenecen las libélulas (Anisoptera) y los caballitos del diablo (Zygoptera). Actualmente no son muchas las especies que integran este grupo de insectos (no llegan a 6.000 las especies descritas), pero desde aquella Meganeuropsis que hemos estado viendo hace un rato apenas han cambiado, y eso que han pasado unos 300 millones de años. La variación más notable que han sufrido desde entonces ha sido una reducción de tamaño, como les ha ocurrido a la gran mayoría de artrópodos terrestres, debido a la disminución de oxígeno en la atmósfera (si no, posiblemente se hubiesen extinguido todos, ya que su sistema respiratorio se compone de pequeños tubitos, llamados tráqueas, por los que difunde el oxígeno hasta llegar a las células y que, a mayor tamaño del animal, más proporción de oxígeno necesitan para poder funcionar). Pincha para leer el resto del ARTÍCULO